¿Suspendemos el fútbol… o enfrentamos a los delincuentes?

Cartagena amaneció otra vez en la discusión nacional.
Y como ya es costumbre, algunos quieren resolverlo todo con la salida fácil: prohibir, cancelar, cerrar.

Que no haya más partidos.
Que no vuelvan eventos.
Que mejor nos quedemos tranquilos… y en silencio.

Ajá… ¿y entonces quién gana?

Porque hay que decirlo sin rodeos:
si Cartagena decide cerrarse por miedo, los únicos que celebran son los delincuentes.

Lo que pasó en el partido de Copa Libertadores no fue un problema del fútbol.
Fue un problema de orden, de control… y de carácter.

Un grupo de desadaptados —porque hinchas no son— convirtió un evento deportivo en un show de caos. Y listo, ya tienen lo que querían: protagonismo.

Pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta:

¿Cómo llegan buses llenos desde Barranquilla, con gente pasada de revoluciones, y nadie sabe quién responde?
¿Quién autoriza?
¿Quién controla?
¿Quién se hace cargo?

Porque eso no es logística… eso es improvisación con gasolina.

Y mientras eso pasaba, en paralelo ocurría otra historia —la que casi no venden:

Cartagena estaba trabajando.

El que vendía agua hizo su agosto en abril.
La señora de los fritos no dio abasto.
El taxista facturó.
Los hoteles respiraron.

O sea, la ciudad moviéndose… generando.

Pero parece que eso incomoda más que el escándalo.

Porque hoy hay un deporte nuevo: amplificar lo malo y minimizar lo bueno.

Mientras tanto, desde afuera, la película es otra.
Los medios del Palmeiras mostrando a Cartagena como destino, como experiencia, como ciudad viva.

Y uno viendo eso y pensando:
“¿será que los de afuera ven mejor la ciudad que nosotros mismos?”

Ahora, tampoco nos hagamos los inocentes.

Aquí hubo errores.
Se creyó que esto era una integración costeña tipo “todos somos  Junior”.

Pero no.

El Junior de Barranquilla no une al país. Representa una región. Y hoy, esa realidad pesa.

Muy distinto a cuando jugaban América de Cali o Atlético Nacional y el país se montaba en la misma emoción.

Eso cambió. Y hay que entenderlo para no improvisar.

Pero de ahí a decir “no más partidos en Cartagena”…
eso no es solución. Eso es rendición.

Es entregarle la ciudad al miedo.
Y Cartagena no puede darse ese lujo.

Porque esta ciudad vive de su capacidad de atraer, de mover, de conectar.
Cerrar la puerta no la protege… la debilita.

Ahora, lo más preocupante no fue lo que pasó en la calle…
fue lo que pasó después.

Gente casi que celebrando el desastre.
Esperando el video, el titular, el error…
para montarse en el discurso, ganar seguidores o hacer política.

Ahí es donde uno entiende lo de la “ciudad de los cangrejos”:
aquí hay quienes prefieren que todo salga mal… con tal de tener razón.

Y así no hay ciudad que avance.

Hoy la conversación no debería ser si hacemos más eventos o no.

La conversación es:
¿vamos a organizar la ciudad o vamos a seguir improvisando?
¿vamos a ejercer autoridad o vamos a seguir reaccionando tarde?
¿vamos a defender lo que somos o vamos a amplificar lo peor de nosotros?

Porque al final esto no es de fútbol.

Es de carácter.

Cartagena no necesita menos eventos.
Necesita más control, más decisión… y menos tolerancia con el desorden.

Y sobre todo, necesita dejar de pelear contra sí misma.

Porque una ciudad que se sabotea sola… no necesita enemigos.

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