Cartagena acaba de sacar una calificación AA de Fitch Ratings y eso traducido al idioma del barrio, del vendedor de tinto y del que coge Transcaribe bajo este sol criminal, significa algo sencillo: hoy al Distrito lo ven como una ciudad seria para responder financieramente.
En palabras más claras: a Cartagena le creen.
Los bancos y los inversionistas miran esa calificación como cuando en la tienda le fían al vecino que siempre paga puntual. Le están diciendo a la ciudad: “usted tiene orden, tiene manejo y todavía tiene cómo responder”.
Y eso no es cualquier cosa. Porque una ciudad mal manejada termina quebrada, sin crédito y con las puertas cerradas. Aquí pasó todo lo contrario: incluso revisando el nuevo endeudamiento, Fitch mantuvo la calificación alta. O sea, desde afuera están viendo capacidad financiera, recaudo y manejo administrativo.
Y guste o no guste, ahí también hay una lectura política que apunta al gobierno de Dumek Turbay.
Porque mientras aparecen nuevas voces apocalípticas anunciando todos los días que Cartagena se hunde, que todo está perdido y que nada sirve, la ciudad acaba de recibir una de las mejores señales financieras que puede recibir un gobierno local.
Entonces… ¿en qué quedamos?
Porque una cosa es la crítica válida, que siempre será necesaria, y otra es querer instalar la idea de que absolutamente todo está mal aunque los indicadores digan otra cosa.
Y ojo, esto no significa que Cartagena sea Suiza ni mucho menos. Aquí la gente sigue peleando con el agua, los trancones, el calor que cocina hasta las ideas y barrios donde todavía hace falta mucha inversión social. Eso es real y nadie lo puede tapar con una «maqueta» por ejemplo.
Pero también es cierto que financieramente la ciudad hoy manda un mensaje de estabilidad y confianza. Y eso termina impactando proyectos, inversiones y capacidad de hacer obras.
Entonces al final uno termina preguntándose algo sencillo:
Si Cartagena estuviera tan destruida como algunos quieren hacer creer… ¿por qué una calificadora internacional le mantiene una nota AA?
Ahí es donde la ciudad tiene que aprender a hacer algo que nos cuesta muchísimo: reconocer lo malo sin dejar de admitir cuando algo se está haciendo bien.

